Sí y no: La Cuaresma y la fe reformada hoy.

Vivir como fieles discípulos de Jesús exige tomar decisiones criteriosas.


Jesús entrando a Jerusalén Imagen tomada de www.lecionario.com

Somos llamados a “examinarlo todo” (1 Ts. 5:21), a “discernir lo que es mejor” (Fp. 1:10). Para ver este proceso de discernimiento en la práctica, vamos a pensar en la historia de la Cuaresma, el tradicional período de 40 días (sin contar los domingos) de preparación para la Pascua.

Nuestra práctica reciente

Muchas congregaciones en la Christian Reformed Church actualmente celebran la Cuaresma, pero de una manera que parece atípica para la mayoría de los católicos romanos, luteranos, metodistas y anglicanos. Es un abordaje que ya se reflejaba en una editorial de 1933 en The Banner, en el cual el editor durante muchos años, H. J. Kuiper, describe tanto un interés en, y oposición a la celebración de la Cuaresma, ante lo cual concluye firmemente: “creemos que ambas posiciones son parciales”.

Kuiper decía no a la antigua idea de que la Cuaresma debía enfatizar muchas disciplinas espirituales, como el ayuno. Argumentaba que, si fortalecemos nuestra piedad durante la Cuaresma, ¿no estamos sujetos a relajarnos después? ¿No deberíamos estar “progresando siempre en la obra del Señor” (1ª Corintios 15:58)? ¿Las obligaciones de la Cuaresma no llevan al legalismo?

Pero al mismo tiempo, Kuiper decía sí a la importancia de un período de preparación para la Pascua, citando cómo un abordaje adecuado la tradicional práctica de series de sermones sobre los sufrimientos de Cristo.

Durante las últimas tres generaciones, congregaciones de la Christian Reformed Church han sido especialmente receptivas a sermones sobre la pasión y muerte de Jesús; indiferentes a mucho énfasis en las disciplinas espirituales, incluyendo el ayuno y la oración; y resistentes a otras tradiciones que surgieron en torno a la Cuaresma: fiestas de Carnaval, consumo de pescado los viernes y el abandono del uso de la palabra ‘Aleluya’ en los cultos del período de Cuaresma, hasta la mañana de la Pascua. Es por eso, por ejemplo, que en la sección de himnos de Cuaresma del Psalter Hymnal 1987 tiene su foco casi exclusivo en la pasión y muerte de Jesús.

Innovación del siglo IV

En parte por causa de la información histórica limitada disponible a Kuiper, este no prestó atención a otra dimensión de la Cuaresma: la unión entre la Cuaresma y el Bautismo. Como los estudios históricos recientes demuestran, la Cuaresma surgió cuando los líderes de la Iglesia Primitiva estaban aprobando y rechazando posibles prácticas de ministerio a la luz de los desafíos culturales de su tiempo.

En el año 313, el emperador Constantino se convirtió al cristianismo e hizo legal (o al menos preferible) que los ciudadanos romanos se tornaran cristianos. ¡De repente, la Iglesia tuvo muchos bautismos de adultos para celebrar! Pero esto generó un desafío: ¿cómo la Iglesia podría asegurarse de que las personas que querían ser bautizadas estaban tomando en serio a Jesús?¿Qué podía hacer ella para moldear estas nuevas vidas cristianas? El bautismo, solo, no era suficiente. Era necesario algo más para formar a estos nuevos cristianos como discípulos de Jesús.

Así la Iglesia desarrolló un curso de preparación para el bautismo en 40 días; un tiempo de estudio de la Biblia, de los Catecismos (eso mismo, estudio de Catecismos 1200 años antes de Juan Calvino), y disciplinas espirituales que incluían ayuno y oración. Era un programa intensivo de “40 días de aventura espiritual” o “40 días de propósitos” (que no pasan de variaciones de esa idea antigua). La lógica era que, durante esos 40 días, los creyentes deberían estar o preparándose para su propio bautismo, o animando a alguien que se estaba preparando.

En vez de ser un tiempo para enfocarse apenas en el sufrimiento y muerte de Jesús, el foco de la Cuaresma se tornó en nuestra unión con la muerte y resurrección de Cristo en el bautismo. Romanos 6:3–4 servía como texto llave: “¿Acaso no saben ustedes que todos los que fuimos bautizados para unirnos con Cristo Jesús en realidad fuimos bautizados para participar en su muerte? Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva.”

En términos doctrinarios, esto colocaba el énfasis apenas en la dádiva divina del perdón (justificación), pero también en el don de la vida nueva en Cristo y el Espíritu Santo (santificación). La Cuaresma era un tiempo para que los nuevos y veteranos cristianos vivenciaran (ejercitaran) los pasos básicos de la vida cristiana: negarse a sí mismos, mirar a Jesús, deshacerse de los chismes y la amargura y vestirse de paciencia y compasión. Así como los atletas necesitan ensayar jugadas básicas y los músicos necesitan entrenar las escalas, también los cristianos necesitan ejercitar la auto-negación y la auto-donación en amor.

En otras palabras, la Cuaresma surgió en lo que llamaríamos hoy un “contexto misional”. Fue una creación pastoral para un tiempo parecido con el nuestro, en que grandes números de personas no crecían en la Iglesia. La Cuaresma fue la forma de que la Iglesia diga “sí” al don gratuito de la salvación y “no” a la gracia barata (bautismo sin discipulado).

Reforma del siglo XVI

En los tiempos de Juan Calvino, la memoria de la Cuaresma como un tiempo para moldear nuevos cristianos había desaparecido hace tiempo. Bautismos de adultos eran raros. Prácticamente todo el mundo era bautizado en la infancia. las disciplinas cuaresmales aún eran practicadas, pero muchas veces eran impuestas por la Iglesia de manera distorcida, como una forma de negociar favores con Dios.

Así, Calvino dijo “sí” a la práctica que él creyó que el pueblo necesitaba: enseñanza en torno al Catecismo. Pero él dijo “no” a la práctica de la Cuaresma como irremediablemente supersticiosa para tener utilidad para las personas.

¿Qué es mejor hoy?

Entonces, ¿cómo deberíamos celebrar la Cuaresma hoy? Necesitamos unirnos a los pastores del siglo IV, a Juan Calvino, a H. J. Kuiper y a varios pensadores católicos romanos contemporáneos que vienen estudiando la misma historia, haciendo elecciones sabias para promover un discipulado fiel. Nosotros también necesitamos decir “sí” y “no” en respuesta a desafíos particulares que encontramos en nuestros propios contextos ministeriales.

En lugares donde la Cuaresma está asociada casi exclusivamente con legalismo o superstición, los cristianos reformados serán sabios en seguir la dirección de Calvino y decir “no” a la Cuaresma. En vez de eso, tal vez los pastores debieran dirigir sus congregaciones en reflexiones sobre el tema de la “libertad en Cristo”.

En otros contextos, puede haber gran sabiduría en adoptar la Cuaresma como un tiempo identificable de preparación para la Pascua. Todos nosotros necesitamos santificar nuestros calendarios y dejar claro que al final o al comienzo del año -ni feriados, ni el carnaval, ni las eliminatorias de fútbol- son tan importantes para nuestra identidad como la muerte y resurrección de Cristo.

En lugares misionales, donde deseamos muchos bautismos de adultos en la Pascua, hay mucha sabiduría en recuperar la idea de que la Cuaresma no habla sólo del sufrimiento y muerte de Jesús, sino también de nuestra unión con Cristo en el Bautismo. Puede ser bien sabio el ejercitar intencionalmente nuestra nueva vida en Cristo con las disciplinas de la oración, del ayuno y del arrepentimiento -disciplinas que son tan vivificantes que nosotros nos apegamos a ellas mucho después del fin de la Cuaresma. Al final, muchos de nosotros vivimos en culturas que hay falta -y no sobra- de estas disciplinas.

Nosotros, a veces, heredamos de nuestros ancestros en la fe respuestas consolidadas a preguntas clave. Pero con frecuencia también heredamos modelos para hacer preguntas que agitan las cosas. ¿Cómo podemos colocar a Jesús en el centro de cómo marcamos nuestro tiempo? ¿Cómo podemos comunicar la belleza de la identidad bautismal a los que están en la búsqueda, y fortalecerla a creyentes veteranos? ¿Cómo podemos practicar disciplinas de la vida cristiana sin pasar a depositar nuestra confianza en ellas, o tornarnos orgullosos de ellas?

“…que el Espíritu de Dios nos capacite en el conocimiento verdadero y en todo discernimiento, para que seáis puros e irreprensibles para el día de Cristo.” (Fp 1.9–10).

PARA DISCUTIR

Originalmente publicado en The Banner, 18 feb. 2011,
Extraído de Sociedade pela Liturgia Reformada
Trad. Jano Molina

John D. Witvliet

es un académico y teólogo especializado en estudios litúrgicos y música de culto cristiana. Dirige el Calvin Institute of Christian Worship en Calvin University, donde también enseña teología y música. Su trabajo explora la historia, práctica y teología del culto cristiano, con énfasis en la renovación litúrgica y la integración de la adoración en contextos multiculturales. Es reconocido por sus contribuciones sobre salmodia, música coral y formación espiritual a través de la liturgia.

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